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La noche que un equipo cambió 113 años de historia

24 de abril de 2012, Camp Nou.
Minuto 91. El delantero español del Chelsea Fernando Torres bate a Valdés en una contra y hace subir el 2-2 en el marcador, enterrando el sueño del Barcelona de defender en Múnich su título de campeón de Europa.
Inmediatamente después, 95.000 personas se ponen en pie y empiezan a aplaudir al unísono. Solo 3.000 son seguidores blues. El resto son aficionados culés que, orgullosos de su equipo, cantan emocionados que “Ser del Barça és el millor que hi ha!”.
No hace mucho tiempo, en un partido como el de ayer en el que los azulgranas lo tenían todo para asomarse a una nueva final e inexplicablemente dejaron arrebatarse el botín, el socio culé se habría inmolado en su propio estadio.
No hace tanto que, tras el gol de Torres, habría abandonado el Camp Nou entre pitos, insultos y el lanzamiento de alguna almohadilla. O en el mejor de los casos, si sus jugadores lo habían dado todo como sucedió anoche, se habría marchado a casa en silencio, cabizbajo y con un rictus de sufrida resignación.
Al día siguiente, en las tertulias de bar, el culé hablaría de que a Messi lo tenían que haber vendido la temporada pasada, de que Valdés no es portero para el Barça, de que Guardiola ha perdido el control del vestuario y de que el club debería buscar con urgencia un relevo para Xavi, Puyol y compañía.
Porque el Barcelona ha sido siempre un club dividido, esquizofrénico y autodestructivo incapaz de comprender por qué, teniendo siempre a los mejores, ha ganado mucho menos de lo que ha perdido.
Sin embargo, todo eso ya forma parte del pasado. Y así se escenificó anoche al final de un partido que, aunque resulte paradójico, acabó resultando maravilloso por lo que significó para el barcelonismo.
Porque Guardiola y sus chicos han transformado la mentalidad de un club con 113 años de historia, hasta el punto que ahora ya nadie duda de que no hay mejor propuesta, mejor modelo ni mejores valores futbolísticos que los que representa este Barça, incluso en la derrota.
Quizá habrá que dejar pasar diez, veinte, treinta años, para calibrar la verdadera dimensión de lo que ha hecho este equipo. Una plantilla repleta de jugadores formados en La Masia que ha pasado por encima de otras fabricadas a golpe de talonario por magnates rusos, multimillonarios estadounidenses o ricos constructores que amasaron su fortuna en la cultura del ladrillo y el pelotazo.
Un equipo lleno de “locos bajitos” que la tocan “que te cagas”, como le gusta decir a Guardiola, y que han logrado empequeñecer a todos los grandes clubes de Europa hasta convertirlos en rivales vulgares cuyas únicas armas para contrarrestar el fútbol de seda del Barça son la mezquindad táctica y una actuación al límite del reglamento.
Algún día la historia hablará de lo que hizo este grupo por enaltecer el fútbol, de sus exhibiciones en el Bernabéu, en Stamford Bridge, en San Siro, en los estadios más importantes del mundo.
Se podrá leer que hubo un equipo que jugaba con tanta autoridad, con tanta convicción y personalidad -fuera quién fuera el rival, fuera cual fuera el escenario- que a los entrenadores del resto de equipos les temblaban las piernas cuando tenían que enfrentarse a él.
Que a los Mourinhos, Fergusons o Di Matteos de turno no se les ocurría mejor solución cuando visitaban el Camp Nou que degradar a sus estrellas hasta convertirlas en vulgares peones defensivos, en mediocres perseguidores de sombras.
Que Cristiano, Eto’o, Drogba o Torres -los más reputados goleadores de la época- acabaron una noche de ‘Champions’ jugando de laterales en el estadio azulgrana por el pánico que infundía a sus timoratos técnicos el mejor equipo de la historia.
Quizá un día, cuando las master class de coaching empresarial y los seminarios de liderazgo emocional se hayan convertido en una carrera universitaria, las ruedas de prensa de Guardiola como entrenador del Barça serán asignatura obligatoria. Y en los cursos de entrenadores enseñarán que se pueden ganar los partidos con solo tres defensas o que jugar con un ‘9’ no es necesario si llenas el campo de centrocampistas con capacidad para asociarse y llegar a posiciones de remate desde la segunda línea.
Dentro de un tiempo, un lustro, una década quizá, cuando pongamos todo esto en perspectiva, descubriremos que la grandeza de este equipo no son los títulos, ni la plasticidad de su juego. Ni siquiera el haber conseguido que cientos de miles de personas que no habían visto nunca un partido de fútbol hayan acabado amando este deporte.
Nos daremos cuenta de que por lo que pasará a la historia el ‘Pep-Team’ será por su sello inconfundible, por tener una identidad tan marcada y genuina que ha obligado a todos los clubes legendarios del fútbol europeo a perder la suya cuando se enfrentan al Barça.
Hagan un ejercicio de imaginación. Imaginen que fichan por la empresa de la competencia y, a los seis meses de llegar, un enorme acto de irresponsabilidad, una inmensa e injustificable metedura de pata suya, le hace perder a su compañía 200.000 €.