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Hay que poner fecha de caducidad al ‘feeling’ de Guardiola

 

El presidente, el secretario técnico o el abogado que redacta los contratos en el Barcelona. El que sea, da igual, pero alguien debería, por el bien del club, poner fecha de caducidad al feeling de Guardiola.

Sí, ese sentimiento puramente intuitivo, y por lo tanto irracional, al que obedece Pep para tomar algunas de sus decisiones, como por ejemplo echar a Eto’o después de marcar 36 goles en su última temporada.

Si Guardiola necesita “sentir” que quiere seguir para renovar su contrato, el Barça debe darle un tiempo límite para que aflore ese sentimiento. Que le dejen marear la perdiz sine die, año tras año, es poner al club en un brete desagradable e innecesario.

A Pep hay que pagarle lo que pide, ficharle lo que desee, seguir a pies juntillas todo lo que diga sobre la futura planificación deportiva de la entidad.

A Guardiola, genio y figura de los banquillos, el puto amo de la sala de prensa, la persona que más ha hecho en la historia del Barça por dignificar la imagen de la institución y prestigiar su currículo con un fútbol de seda y una borrachera títulos, hay que hacerle una estatua gigante en la explanada del Camp Nou.

Pero cualquier empresa seria no dejaría en manos de un empleado, por muy brillante que sea, el cómo y el cuándo de su continuidad en la misma sin marcar unos límites para que esta decisión no comprometa la estructura de todo el organigrama.

Lo de Guardiola hablando en tono enigmático de sensaciones y sentimientos íntimos, Zubizarreta diciendo que el club le esperará hasta que él quiera y todo el barcelonismo sufriendo en silencio por si el culebrón acaba en tragedia, empieza a ser de vergüenza ajena.

Alguien ha de sentar a la mesa al mulá del barcelonismo y hacerle entrar en razón. Decirle que, a partir de ahora, tendrá un contrato indefinido, unos emolumentos pactados que se incrementarán año a año y una cláusula de escape que podrá ejecutar unilateralmente con varios meses de preaviso para que haya tiempo de encontrar un sustituto y planificar la próxima campaña.

Así, cuando se le acabe el feeling con sus jugadores, sus ayudantes o la directiva del club, simplemente tendrá que comunicarlo en el tiempo y la forma convenidas. Adiós y gracias. Así de sencillo.

Lo demás es hacer un paripé que desvía el foco de lo que realmente importa: el equipo y su fútbol. A veces, parece que hasta a Guardiola se le olvida.

* La foto es de mundodeportivo.com

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Contador y el control de alcoholemia

Hace año y medio di positivo en una control de alcoholemia. Nada, poca cosa, pero lo suficiente para que me pusieran 300 € de multa y me retiraran tres meses el carné.

La Guardia Urbana me paró a las 8.30 de la mañana de un lunes, en la avenida Meridiana, cuando conducía hacia la redacción. Qué cabrones. ¿A quién se le ocurre hacer un control de alcoholemia ese día y a esas horas? ¿Qué esperaban encontrar?

Para mí sorpresa, di 0,30 miligramos por litro de aire aspirado cuando el máximo permitido es de 0.25. Pese a insistir a los agentes que aquello no era posible, que acababa de salir de casa y que solo había ingerido un café bien cargado para empezar con ánimos la semana, no me creyeron.

Indignado, exigí que se me hiciera el contraanálisis, pero tuvo idéntico resultado: 0,6 gramos por litro de sangre cuando el máximo permitido es 0,5 gramos. No me lo podía creer, me había metido en un buen lío.

Desde entonces he estado luchando en los tribunales para demostrar que el camarero del bar que tengo al lado de casa y que me sirvió aquel café, debió echarle, por error, algún tipo de bebida alcohólica de alta graduación, y que yo, recién levantado, no percibí la diferencia.

Año y medio intentando demostrar que mi positivo no fue voluntario, que el alcohol había llegado sin mi consentimiento a aquella dosis legal de cafeína que inconscientemente consumí con el mejor de mis propósitos: conducir lo más despierto posible un lunes por la mañana hasta mi lugar de trabajo.

Ayer salió la sentencia. Dice que tal vez fuese así, que quizá siempre quise conducir sobrio, que aquel café pudo llegar a mi estómago ‘contaminado’, pero que se trata de un indemostrable y que lo único que se ha podido demostrar en todo este tiempo es que aquel alcohol estaba en mi sangre y superaba el máximo permitido por la ley.

Al final me ha tocado palmar. La justicia es una mierda. Ahora tendré que pagar 300 € de multa y estar tres meses sin ponerme al volante.

No entiendo que el juez haya rechazado mis argumentos y se haya basado solo en los resultados de un control de alcoholemia. O sí que lo entiendo. Al fin y al cabo, a los jueces nunca les han gustado los periodistas. Seguro que ha intentado joderme por ello.

¿Que no encontráis razonable nada de lo que estoy diciendo? Pues ahora cambiad un poco la historia. En lugar de mi nombre poned el de Alberto Contador y sustituid el café alcoholizado por una trozo de carné contaminado con clembuterol.

Me hace gracia escuchar que lo han condenado sin pruebas. Hubo un control y una contraanálisis y en los dos dio positivo. El TAS no puede demostrar que se dopara, pero Contador tampoco puede demostrar que no se dopó, como yo no hubiese podido demostrar que solo me gusta tomar café por la mañana y no ponerme ciego a carajillos.

Por tanto, su culpabilidad se sustenta, tal como señala el Código Mundial Antidopaje firmado en 2009 por las federaciones de los distintos países, en el principio de responsabilidad objetiva: Contador es culpable, porque, como deportista, es responsable de controlar todo lo que se encuentra en su organismo. Así de sencillo. Lo demás es demagogia barata, patriotismo del tres al cuarto.

A Contador no lo ha empurado por ser español, ni han querido convertirlo en el chivo expiatorio de una caza de brujas contra el ciclismo. A Contador le han metido 2 años de sanción y casi 2,5 millones de euros de multa por quebrantar las reglas del juego al consumir una sustancia prohibida. Si se dopó o no voluntariamente, solo él lo sabe.

Podemos criticar que al número 1 de un deporte profesional y universal como el ciclismo se le pueda tener año y medio en vilo por un caso como éste. O que ahora no solo le quiten el Tour de 2010 en el que dio positivo, sino el Giro de 2011, donde pasó un montón de controles sin mácula.

Incluso podremos criticar algunos fundamentos de derecho de una sentencia que tiene más de cien páginas. Pero rajar del TAS, de la AMA, de la UCI y del ‘sursum corda’, porque Contador haya sido declarado culpable es, cuando menos, de un provincianismo paleto que tira de espaldas.

* La foto es de AFP

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Rosell y el miedo

El diccionario define el miedo como una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario” o el “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

Todos hemos experimentado esa sensación alguna vez. Todos hemos cometido en alguna ocasión un acto de cobardía. Sin embargo, cuando este comportamiento se repite en el tiempo, uno se convierte en un cobarde. Y un hombre siempre debe mantener el nivel de su dignidad por encima del nivel del miedo.

Esta máxima aún cobra mayor vigencia cuando se ocupa una posición de liderazgo (y el cargo de presidente del FC Barcelona sin duda lo es), porque un líder no puede tener miedo.

Sandro Rosell, especialista en tirar la piedra y esconder la mano, practicante asiduo del arte de nadar y guardar la ropa, emisor de mensajes ambiguos que se pronuncian con la boca pequeña para no ofender, debería ser, por el cargo que ocupa, el auténtico líder que guiara con mano firme esta nueva y existosa etapa del Barça.

Pero entonces no hubiera votado en blanco la acción de responsabilidad propuesta por él mismo en una asamblea y hace tiempo que habría cumplido su amenaza de romper relaciones con el club de la capital que ha intentado sistemáticamente desacreditar al suyo con descalificaciones de toda índole.

Nadie pone en duda que sea un buen tipo, ni siquiera que se trate de un excelente gestor. Al fin y al cabo, Rosell, personaje afable y educado que se crece en la corta distancia, ha gozado de notable éxito en los negocios y en la vida, lo que significa que tendrá un buen puñado de virtudes, aunque el arrojo no se encuentre entre ellas.

Quizás obsesionado por desmarcarse de la manera de presidir de Laporta, su examigo y predecesor en el cargo, ha llevado su liderazgo de perfil bajo a la antítesis del de Jan, pero en su intento no ha hecho más que agrandar su sombra.

Tomar una decisión equivocada forma parte del juego. Equivocarte con una decisión de otro es no tener personalidad. No atreverte a tomar una decisión, por dura o difícil que sea, es un acto de cobardía.

Rosell no ha salido en defensa del club cuando debía hacerlo y, cuando lo ha hecho, casi siempre se ha metido en un charco. Y eso tiene mucho mérito tratándose de un presidente al que no le gusta mojarse.

Cuando uno no domina la escena, cuando articula un discurso inconsistente y temeroso, es frecuente que acabe metiendo la pata. Como Sandro hizo al bromear sobre un posible 5-0 al Madrid o más recientemente al hablar de los árbitros.

Estos ‘lapsus’ del presidente han complicado innecesariamente la vida a Guardiola y al barcelonismo. Y suerte ha tenido Rosell de que el técnico, con su confortable y elegante paraguas, le ha librado en más de una ocasión del chorreo.

Porque si la imagen del Barça ha salido airosa hasta ahora es gracias al impecable y valiente discurso de Pep, y no al de su presidente, que ya ha nombrado tres directores de comunicación para solucionar un problema que ha convertido en decepcionante un mandato prometedor.

Laporta, pese a sus numerosos defectos, exabruptos y excesos, tuvo varios momentos memorables en la vehemente defensa del club que representaba. Al ‘Rosell presidente’ no se le recuerda ni una sola intervención brillante. Ni un solo momento estelar del que el socio o aficionado culé pueda sacar pecho.

* La foto es de cadenaser.com

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